Un hombre gordo en mallas
I. El teatro del hombre común
Tras la crisis financiera de 1929, Estados Unidos se sumió en una época de desesperanza. El fracaso del modelo estadounidense ―escribe Alfred Kazin― “no podía interpretarse tan sólo en términos materiales. (...) Los valores convencionales fueron súbitamente desarraigados y muchos de ellos parecieron despreciables” (345). Surgió entonces una nueva comprensión de la realidad y del hombre que la padece.
La crítica social que los escritores de los años 20 practicaran desde los postulados del naturalismo europeo adquirió carta de ciudadanía. Una nueva generación de escritores se volcó sobre temas sociales bajo el supuesto de que la mera elección del tema justificaba su obra. La conciencia social suplantó la conciencia artística, al grado que la línea entre realidad y representación de la realidad llegó a difuminarse:
Escribir ya no era un ejercicio de personalidad que pusiera a prueba (...) los poderes del escritor; era una expresión de fe. (...) La mediocridad podía disfrazarse con la adopción de una fe política que compensara la falta de percepciones. El escritor (...) tenía que justificar su escritura por una sanción social, (...) persuadir a sus lectores de que estaba ayudando a dirigir a la sociedad, aunque acaso sólo estuviese a la deriva junto con ella. (...) El típico joven naturalista de los años treinta (...) gustaba de pensar que había nacido rudo y sin pretensiones literarias; y se convencía de ello tan fácilmente como convencía a su público. (Kazin 349-353)
Una década después la industria cultural[1] contaba con todo un sistema reglamentado de lo que el hombre común debía ser. Por esta vía llegó a imperar un modelo en que, respetadas las particularidades del caso (ubicación geográfica, caló, características étnicas), el sujeto histórico llegó a convertirse en una abstracción. El esquema, además de sacrificar las partes al todo, reservaba un lugar privilegiado para el escritor, quien se situaba frente a su tema u objeto de estudio como un intérprete.
Es este, me parece, el contexto en que se desarrolla la película Barton Fink (1991). En la primera escena, aparece lo que después sabemos es el encordado de un teatro. El hombre que manipula la polea es un trabajador en overol. A su derecha hay un hombre leyendo el periódico, ajeno a lo que pasa a su alrededor. En primer plano vemos a Barton, atento a lo que sucede en el escenario. El diálogo es grandilocuente: un hombre se despide de los suyos y éstos le auguran un futuro prometedor. Su mérito consiste en haberse percatado de la realidad, en haber adquirido conciencia de clase. Él es parte de un coro en harapos, y puesto que él ha sido el primero en notarlo, será a él a quien le toque hacerlo cantar.
La ironía consiste en que a lo largo de toda esta escena Barton les da la espalda a los trabajadores del teatro, al hombre común. Su atención está puesta en el escenario, en su interpretación de lo que ese hombre ideal debe ser. Cuando el tramoyista del periódico finalmente abandona su asiento, lo hace con la encomienda de apoyar la escena con un grito de vendedor de pescado. Entonces el dramaturgo lo ve. El personaje existe en la medida en que se le ha asignado un papel; antes, carece de significado.
Como los escritores de los años 30 de los que habla Kazin, Barton es víctima de su propio sistema racional: al ignorar los materiales con los que trabaja, supone que sentido y conciencia del sentido coinciden (Ricoeur 33). La imagen con que los hermanos Coen cierran esta primera sección de la película es elocuente: una piedra (la conciencia) contra la que chocan las olas del mar.
II. That Barton-Fink feeling
Al mitificar las condiciones de vida del hombre común, Barton no hace sino robustecer la ideología de entreguerras. En su obra, las contradicciones de la sociedad estadounidense se resuelven gracias a la entereza moral de las clases marginadas y a la promesa de un futuro promisorio para las siguientes generaciones:
Maury.―We’ll hear of that kid. And I don’t mean a postcard.
Lil.―Let’s spit on our hands and get to work. It’s late, Maury.
Maury.―Not anymore, Lil. It’s early. (Coen)
La dramaturgia de Fink no sólo encapsula la identidad del otro sino que además la despoja de todo conflicto. Horkheimer llama a esto el milagro de la integración: la falsa identidad de la sociedad y el individuo (185). Es esto lo que Capitol Pictures busca al integrarlo a sus filas:
Lipnick.― I heard about your show, by the way. My man in New York tells me it’s pretty damn good, pretty damn moving. A little fruty, he said, but you know what you’re doing. (...) Thanks for your heart, Bart. We need more heart in motion pictures. (Coen)
La industria cinematográfica necesita de la poesía callejera de Fink para imitar la realidad. La diferencia entre el empresario de Capitol Pictures y el dramaturgo es que el primero ha reconocido en el estilo Barton-Fink un producto cultural lo bastante genérico para enriquecer la compañía sin que ésta pierda su condición esencial de entretenimiento:
El arte brinda la sustancia trágica que el puro amusement no puede proporcionar, pero que sin embargo necesita si quiere mantenerse de algún modo fiel al postulado de reproducir exactamente el fenómeno. (...) Lo trágico sirve para proteger de la acusación de que no se toma a la realidad lo suficientemente en serio, cuando en cambio se la utiliza con cínicas lamentaciones. (Horkheimer 182)
El problema que se le plantea al dramaturgo, entonces, es de carácter formal: cómo poner su escritura al servicio de una racionalidad mucho más compartimentada que la suya, donde las películas no sólo se dividen en género sino también en series según un principio económico que clasifica a los consumidores; donde las historias han de contar con una serie de elementos que se complementan o excluyen según una lógica interna consignada por la práctica; donde a cada empleado se le ha asignado una tarea e incluso un lugar donde vivir:
La tarea que el esquematismo kantiano había asignado aun a los sujetos ―la de referir por anticipado la multiplicidad sensible a los conceptos fundamentales― le es quitada al sujeto por la industria. La industria realiza el esquematismo como el primer servicio para el cliente. (Horkheimer 151)
Pero no sólo esto: la industria requiere objetivar también a los empleados que perpetuarán el esquema. Así, durante la entrevista con Lipnick, Barton es objeto de una primera clasificación[2]. Tras asignársele un lugar en la comunidad de Capitol Picture, se espera que encarne a cierto tipo de escritor capaz de apegarse a la fórmula de una película de lucha libre, que no responda a los principios de serie B, y que además cuente con el estilo Barton-Fink. La sistematización de Hollywood, entonces, se presenta como la radicalización del logos de la modernidad, que clasifica, jerarquiza y ordena la realidad en función de sus propios intereses.
Los intentos del neoyorquino por acoplarse al lenguaje cinematográfico no pasan de la adopción de un tímido tecnicismo (fade in, opuesto directo del curtain de la dramaturgia) y del extrañamiento frente a la descripción del héroe (a large man in tights; frase esta que, según la presentan los Coen, hace las veces de frontera de su extrañamiento). El resto se ajusta perfectamente a los lineamientos de su obra anterior. La oración final de su guión, incluso, remeda uno de los últimos parlamentos de Maury en Choirs: “And I don’t mean a postcard” (Coen).
Lo mismo que el hombre común de Fink, el escritor de Lipnick es una mera abstracción. Ambos suponen que el sentido del otro está dado por su conciencia.
III. El tapiz se escurre
Para Marx, la personalidad del hombre real se construye a partir de las relaciones de trabajo que establece con los miembros de una comunidad y con la naturaleza. Su conciencia está determinada históricamente por las formas de trabajo y producción. En la medida en que estas relaciones materiales se transforman, su pensamiento y los productos de este pensamiento cambian (Abbagnano 57-60).
La película muestra la manera en que Barton va perdiendo poco a poco el control no de su escritura, que finalmente termina siendo la misma, sino de los medios de producción y el producto final como mercancía. Esta división supone, primero, un desgarramiento en la imagen que tiene de sí mismo como director del coro de las masas trabajadoras, como creador autónomo, y finalmente un reconocimiento de su papel como reproductor de la ideología capitalista.
La primera imagen de este autorreconocimiento como parte del engranaje de un sistema que se extiende mucho más allá de la industria cultural es la de un pasillo de hotel repleto de zapatos. Barton Fink ―reconocido dramaturgo de Broadway― de pronto se ve despojado de su singularidad como artista para engrosar las filas del hombre común. La cultura, como recubrimiento decorativo de las condiciones materiales de vida, lentamente cede el paso a la pared desnuda:
Barton.―I’m a writer, Mr. Geiseler. Ted Okum said to drop by this morning...
Geiseler.―Ever act?
Barton.―Eh? No, I’m a writer...
Geiseler.―Need Indians for a Steele Western...
Barton.―I’m a writer. Ted Okum...
Geiseler.―Think about it, Fink. Writers come and go, we always need Indians. (Coen)
El proceso de deshumanización es absoluto. Frente a él sólo queda reafirmar la autoconciencia mediante las relaciones de trabajo: Barton Fink es un escritor y su materia el mundo de la mente. Tras concluir su guión, así se lo hará saber al marinero que intenta quitarle a su pareja de baile: “I’m a writer, you monsters! I create! I create for a living! (llevándose el dedo índice a la sien) This is my uniform! This is how I serve the common man!” (Coen) La metonimia uniforme militar-proceso creativo es interesante: el contenido al que apela es al de una actividad encaminada a la conquista del Otro.
IV. Mundt el loco
La filosofía occidental, desde Sócrates, no es otra cosa que el recorrido del ser hacia sí mismo. Es una filosofía de la inmanencia (Levinas 49-50). Este énfasis del logos como autoconciencia implica el monopolio del campo fenomenal de la conciencia sobre el noúmeno. Todo aquello que permanece como Otro es sometido a un proceso de igualación analógica desde la racionalidad del Yo, o, en su defecto, es descartado como entidad marginal.
La relación que establece Barton Fink con Charlie Meadows representa bastante bien este proceso. Ya desde su primera conversación decide que su vecino de junto encaja perfectamente en la descripción que él ha hecho del hombre común:
Barton.―Strange as it may seem, I guess I write about people like you. The average working stiff, the common man. (Coen)
Esta aparente disponibilidad hacia el otro, sin embargo, termina en un largo soliloquio donde la teoría literaria del naturalismo se confunde con el comentario sociológico. Cuando se percata de que ha ido demasiado lejos, que no hace sino divagar, decide traducir para Meadows toda esa jerga intelectual. El dramaturgo se presenta a sí mismo como el propietario de un capital cultural y, más importante, como el administrador de este saber, como el intermediario entre la alta cultura y el hombre iletrado.
Esta relación de poder habrá de cambiar a lo largo de la película. El orden racional del neoyorquino, moldeado en los principios de la razón ilustrada, unidimensional, del hombre moderno, habrá de ser trastocado ―en otro giro irónico característico de los hermanos Coen―, por la compleja personalidad del vendedor de seguros:
Lo que caracteriza a sapiens no es una disminución de la afectividad en beneficio de la inteligencia sino, por el contrario, una verdadera erupción psicoafectiva e incluso, la aparición de la ubris, es decir, la desmesura. (...) Aparece el Semblante del hombre oculto bajo el emoliente y tranquilizador concepto de sapiens: (...) ser con una afectividad intensa e inestable, (...) invadido por la imaginación, (...) que segrega magia y mito, un ser poseído por los espíritus y por los dioses. (...) Y puesto que llamamos locura a la conjunción de la ilusión, la desmesura, la inestabilidad, la incertidumbre entre lo real y lo imaginario, la confusión entre lo objetivo y lo subjetivo, el error y el desorden, nos sentimos compelidos a ver al homo sapiens como homo demens. (Morin 129-131)
Esta es la gran lección que Barton Fink habrá de aprender en su estadía en Los Ángeles: es imposible esquematizar la identidad del hombre común, racionalizarlo, puesto que su misma condición humana es contradictoria. Karl Mundt irrumpirá en su vida con una escopeta, rebelándose contra el formalismo intelectual que trata de clasificarlo, dispuesto a demostrarle que el mundo de la mente es más complejo de lo que él cree.
V. La rebelión del hombre común
El Otro en Lévinas no puede ser aprehendido conceptualmente. Para que aparezca en el horizonte del Yo es necesario que éste funde la trascendencia de su ser en la hospitalidad del no-ser. La autoconciencia del logos se funda entonces en la ética y no en la ontología. El sujeto se convierte en rehén del Otro, que lo acepta pasivamente en una relación cara a cara.
El Otro no es un Yo calculable por analogía. (...) Otra libertad como la mía no es el Otro. (...) El Otro como otra libertad semejante a la mía sólo puede ser mi enemigo mortal como lo ha desarrollado Hegel. (...) El Otro no es un Yo situado en la otra orilla, sino que se presenta siempre a distinto nivel. Es, por una parte, el huérfano, la viuda y el extranjero indefenso y necesitado ante el cual soy rico, o es el Altísimo ante el que me siento indigno. (Guillot en Lévinas 37)
Esta desigualdad la encontramos en la relación entre Karl Mundt y Barton Fink. El dramaturgo ha hecho una descripción pormenorizada del hombre común en la que ha tratado de encajar a su vecino de junto. Barton, como representante de la industria cultural de la sociedad estadounidense de los años 40, no hace sino reproducir el sistema de clasificación que relega a Mundt a una condición de ciudadano de segunda. Éste encarna, alternativamente, al espectador de películas B, al molesto vendedor de seguro, al hombre de la calle y finalmente al asesino en serie, mientras él se ve a sí mismo como un hombre que vende certidumbre, que cuida de la propiedad de los otros.
Esposado a los pies de la cama, confundido por los acontecimientos de los últimos días, Fink no puede sino presenciar la violenta aparición de este ser relegado:
Mundt (disparando sobre los oficiales de policía).―Look upon me! I’ll show you the life of the mind! Look upon me! I’ll show you the life of the mind! (Coen)
La escena, aunque se aparta del reconocimiento del Otro planteado por el filósofo lituano, permite que la personalidad de Meadows-Mundt emerja por unos minutos, aunque se pierda inmediatamente después. La caja que le deja a Fink, que lo mismo puede contener la cabeza de una de sus víctimas o estar vacía, se convierte en la imposibilidad de apresar al hombre común en unas cuantas líneas. La caja, entonces, se convierte en la mejor alegoría de la creación artística como un misterio, un aproximamiento.
No obstante este aprendizaje, la industria cultural en la que Fink se desenvuelve no cambia. Al final de la película ha habido un desplazamiento: tras el ataque a Pearl Harbor, la industria cinematográfica se desentiende del hombre de a pie y se vuelca sobre la propaganda bélica. Lo suyo, como apunta Horkheimer, es el entretenimiento de masas. Esa invasión del espacio público por los productos en serie, queda reflejada en la pose que adopta la mujer de la última escena, copia exacta del cuadro que decoraba el cuarto de Barton. Lo mismo que la piedra contra la que chocaban las olas al inicio de la película, el cuerpo de la mujer se interpone entre el espectador y el mar.
Bibliografía
Abbagnano, Nicolás. Historia de la filosofía. Tomo III. Romanticismo y positivismo. Filosofía contemporánea. Barcelona: Montaner y Simon, 1956.
Barton Fink. Dir. Joel Coen. DVD. Universal, 1991.
Horkheimer, Max y Teodoro Adorno. Dialéctica del iluminismo. Buenos Aires: Ed. Sudamericana, 1969.
Kazin, Alfred. En tierra nativa. Interpretación de medio siglo de literatura norteamericana. México: FCE, 1993.
Lévinas, Emmanuel. Totalidad e infinito. Ensayo sobre la exterioridad. Introducción: Daniel E. Guillot.Salamanca: Ediciones Sígueme, 1977.
Morin, Edgar. El paradigma perdido. Ensayo de bioantropología. Barcelona: Kairos, 1974.
Ricoeur, Paul. Freud: una interpretación de la cultura. México. Siglo XXI, 1970.
[1] Por industria cultural entiendo, siguiendo a Horkheimer y Adorno, la racionalización esquemática dedicada a la clasificación y administración de productos culturales. Si bien acuñaron el concepto para hablar de la industria cinematográfica, creo que el fenómeno se aplica a otras disciplinas. La crítica, pues, no supone una descalificación general de la literatura norteamericana de los años 40, sino sólo a ciertos productos que respondían a un modelo.
[2] Puesto que su escritura pertenece a las calles de Nueva York, eso lo ubica fuera del ámbito de los westerns, las películas de piratas, inadaptados, de temas bíblicos o romanos; por lo tanto, se le asigna una película de lucha libre. Esta clasificación no deja de ser irónica: responde a la misma lógica que Barton aplica para presentarse como portavoz del hombre común; pero al extender este razonamiento a las películas de piratas, bíblicas o romanas, los Coen se mofan de la supuesta inmediatez entre experiencia y escritura.
